Caminando hoy al Jardim Botânico hice mi mejor esfuerzo para emular la cadencia carioca. Vagner me contaba que es el resultado de la topografía del lugar: bajando cada cerro se aprende el ritmo peculiar de su andar. Suena a un detalle insignificante; a mi me parece que es la medida imprescindible que balancea la dualidad de esta hermosa ciudad de manicomio. Verde por todos lados para doblar por una esquina y regresar al monstruo urbano habitual, con su caos y la premura fascinante que ocasiona en sus habitantes. Me encontraba bastante concentrado para lograr mi cometido cuando de reojo pensé ver una Vulgencita y me acordé de su sacerdotisa mayor.

La Cidade Maravilhosa es ambas cosas a la vez.